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De México para el mundo: De como a Van Gogh “le cayó el chahuistle”.

Por David Polo

Probablemente el célebre pintor holandés Vincent Van Gogh jamás se hubiera imaginado que su modo de pintar estaría estrechamente ligado a la tradición del México prehispánico, y es que recientemente se ha descubierto que alrededor de cuarenta de sus obras tienen una característica muy peculiar que las remonta a las culturas originarias del centro y sur de nuestro país.

Esta característica no es única de Van Gogh. Se encuentra presente también en cientos de obras desde el siglo XVI hasta la actualidad, bajo firmas tan respetadas e importantes para la historia del arte como la de El Greco, Tintoretto, Villalpando, Renoir, Manet y una larga lista de pintores y artistas que gustaban de emplear para sus composiciones un pigmento de origen mexicano muy apreciado por sus intensos tonos rojos: la grana cochinilla.

Coloquialmente conocida en el centro de México como chahuistle cuando es plaga, la cochinilla es un pequeño insecto, redondo y blancuzco de la familia de los lepidópteros que ataca las cosechas de nopal en México. Su cuerpo está compuesto de altas cantidades de ácido carmínico, que son las que le proporcionan su color rojo tan especial.

El origen de la práctica de pintar con grana cochinilla se remonta a las culturas mesoamericanas, específicamente en el estado de Oaxaca, donde lograron domesticarla y cultivar la especie. Tras un proceso muy cuidadoso de recolección, secado y molido, la cochinilla quedaba transformada en un pigmento que podía ser empleado para teñir desde tejidos y fibras vegetales hasta las hojas de los códices donde los pueblos escribían su historia, usos y costumbres. Es importante señalar que además de la cochinilla, solo dos especies de insectos han podido ser domesticados por la humanidad en toda su historia: el gusano de seda y las abejas.

Con la colonización española en el continente americano, la cochinilla fue llevada al viejo mundo hacia el año de 1523, donde rápidamente fue adoptada por los personajes de mayor poder y alcurnia, que vieron en su brillante color rojo un lujo que sólo ellos podían pagar y que además les diferenciaba del resto. Las opulentas cortes de España, Gran Bretaña, Portugal y los Países Bajos pronto se adornaron con el carmín de los pueblos indígenas de México. La demanda de grana por tintoreros y pintores sólo era superada por el comercio de plata novohispana, constituyendo una importante fuente de riqueza que se distribuía desde las indias hacia Europa por el océano Atlántico, mientras que la Nao de China se encargaba de llevarla a Asia a través del océano Pacífico. Esa es la razón por la cual existen vestigios y huellas de su empleo en los textiles y el arte desde el siglo XVI en Occidente y posteriormente en Oriente.

La cochinilla se mantuvo en auge hasta mediados del siglo XIX, cuando por primera vez se produjeron pigmentos de manera artificial capaces de emular los tonos de la grana mexicana y fijarse en las telas con mayor duración a un menor costo, por lo que poco a poco cayó en desuso, sin embargo, continuó siendo el pigmento favorito de pintores y artistas alrededor del mundo, pues sólo la cochinilla lograba brillar con toda la intensidad y calidez del color rojo.

Actualmente la grana cochinilla se cosecha artesanalmente en el estado de Oaxaca, aunque puede encontrarse en las milpas y nopales del centro y sur de México si les cae el chahuistle y se llenan de plaga; también es fácil toparse con ella bajo el barniz de las grandes obras de la historia del arte.

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