Salvador Valenzuela Chávez


Salvador Valenzuela Chávez: la pausa, la inmensidad y el México que trabaja

Hay fotógrafos que persiguen la luz. Otros persiguen el instante perfecto. Salvador Valenzuela Chávez persigue algo más sutil: la pausa. Ese momento suspendido en el que todo —un gesto, un vuelo, un oficio— se queda quieto solo el tiempo suficiente para volverse imagen. En las charlas por el 15º aniversario de México en una Imagen, Salvador se conectó desde Tijuana, con el cielo “una chulada”, y con una manera de ver que mezcla sensibilidad, paciencia y una honestidad muy suya.

Creo que si la familia lo va a entender… protector”, respondió cuando le pediste definirse en una sola frase. Protector de los suyos, protector de su cámara, y también protector de esos instantes que la mayoría deja pasar.

Una cámara desde niño y un storyboard pegado en cartulina

Su historia con la fotografía empezó temprano, casi como herencia familiar. “Mi mamá tenía la costumbre de comprar cámaras en la casa… las clásicas cámaras 110”, contó. En Tijuana, cuando era niño, era común que los paseos escolares cruzaran a Estados Unidos: Disneyland y el Zoológico de San Diego. Y ahí, desde los 9 o 10 años, Salvador ya cargaba cámara y disparaba: “tenía esa obsesión por las cámaras… y creo que me lo heredó”.

Pero el giro que lo marcó llegó en 2006, cuando tomó un curso de cinematografía. Le pedían hacer un storyboard, y él lo resolvió con fotografía: hacía tomas de manos, pies, detalles, las imprimía y las pegaba en una cartulina. “Ahí me di cuenta… ya estaba disparando de esa manera”, dijo. Sin proponérselo, había encontrado un lenguaje: narrar con fragmentos, construir historias con detalles. Luego vinieron años esporádicos… hasta que en 2016 se volvió “intenso”: “ya ni dormía con la cámara”.

“Todo esto es un lienzo, men”

Cuando le preguntaste qué busca en la foto, Salvador soltó una frase que parece simple pero es un manifiesto:
“Todo esto es un lienzo, men… los pájaros, los árboles… un carro viejo, uno nuevo, un perro, un gato… lo que sea.”

Y explicó su obsesión real: el tiempo. “Todo esto se maneja por pausas, por tiempos”, dijo. Para él, fotografiar no es solo capturar “algo bonito”; es atrapar un ritmo: lo impactante o lo quieto, lo que se mueve y lo que se resiste a moverse. Antes de disparar, suele construir una premisa mental: “normalmente llevo en mi mente… estoy creando toda una premisa antes de hacer el disparo.”

Esa filosofía también duele, porque a veces observar demasiado hace que el instante se escape. Lo dijo tal cual: “alguna vez me tomo más tiempo observando y pierdo el momento”.

Los cuervos: el reto que lo hace sufrir

Uno de los momentos más personales de la charla fue cuando habló de su obsesión con los cuervos. “Tengo una obsesión con los cuervos… es un reto fotográfico tremendo”, confesó. Y explicó por qué: el negro absoluto, el brillo del sol que “quema” la foto, la velocidad necesaria para congelarlos en el aire, y el detalle que se pierde en las plumas. “Tiene que estar nublado… y es una habilidad tremenda”, dijo. “Ellos son los que me hacen que sufra un poquito con las imágenes.”

Esa “sufridera” revela su método: no se queda con lo fácil. Se queda con lo que exige paciencia. Se queda con lo que no siempre sale.

La foto ganadora: piñeros y la inmensidad del campo

Su imagen ganadora —expuesta ya en Soumaya, Tlaxcala y ahora en el Museo Leopoldo Flores— nace de una serie en Oaxaca: los piñeros. Para Salvador, elegir fue difícil: “hice una serie… y sí fue un poquito complicado escogerla”. Había un objetivo claro: que el trabajador se viera nítido… pero que el campo contara su verdad.

Lo que quería mostrar: la inmensidad del campo”, dijo. Probó primero una toma horizontal; estaba bien, pero “no mostraba lo que quería mostrar”. Necesitaba que el protagonista fuera el esfuerzo… y que el fondo confirmara la escala. Quería que el cuerpo del piñero —cargando una canasta enorme, más grande que él— se sintiera como lo que es: trabajo físico real.

Foto: Salvador Valenzuela Chávez

En su proceso aparece algo muy humano: la lucha entre el ideal y lo posible. “Hubiera sido mejor si hubiera capturado un poco más de inmensidad… pero al final esto fue lo que pude lograr.” Decidió además por una razón compositiva: en otra foto, el trabajador llevaba una camiseta de rayas rojas y blancas que distraía: “sentí que al final distraía mucho… miraba mucho las rayas rojas.”

Lo que no vemos: velocidad, técnica y sudor

La imagen muestra esfuerzo, pero Salvador explicó lo invisible: el ritmo brutal del oficio. “Es una velocidad enorme… rapidísimo con lo que lo hacen”, contó. Los piñeros no trabajan “artesanal” y lento; van rápido, coordinados, casi coreográficos: “con esa mano estaba entrando la piña, pero con la otra ya iba la otra en el aire.” Caminan rápido, corren, sudan. “Es un trabajo duro… tremendísimo.” Esa parte no cabe en una foto, pero se siente cuando la describes desde adentro.

El árbol que “arruina” la foto… y que terminó siendo parte de la historia

Uno de los detalles más inspiradores fue su duda. Salvador confesó que, después de mandarla, estaba convencido de que ni la voltearían a ver por un elemento: un arbolito que, en su mente, “echaba a perder” el cuadro. “Yo juraba y perjuraba que ni siquiera la iban a voltear a ver… porque este arbolito… iba a echar a perder todo.”

Esa confesión es importante porque muestra algo que le pasa a muchos: el autosabotaje después de enviar. La culpa del último día, la sensación de “debí pulir más”, el miedo de que un detalle mínimo tumbe la imagen. Pero la foto quedó. Y no solo quedó: el Museo Leopoldo Flores la eligió como imagen de portada para su difusión. Salvador lo contó con orgullo y humor: “acá ando como pavorreal yo… fue una locura, no lo esperaba.”

Y sobre el árbol, dijo algo clave: aunque no le guste, ahí estaba. “Para concurso no… porque ese es el ambiente, ese es el escenario que estaba en ese momento.”

El México luchón, el oficio y lo que llega a la mesa

Cuando se le preguntó qué cree que hace fuerte a su toma, Salvador se fue al fondo: la cadena invisible del trabajo. “Representa el esfuerzo de algo tan simple que llega a la mesa”, dijo. Y soltó una confesión inesperada: ni siquiera le gusta mucho la piña. Pero lo que le importó fue el proceso para que esa piña exista en el plato de alguien.

Ahí conectó con México: “nuestro México es luchón… y no se raja.” Habló de Tijuana, de la gente que trabaja doble, de quien pone un sobreruedas el fin de semana y va a fábrica entre semana. Y extendió la idea a muchos oficios que el concurso ha mostrado en otras ediciones: el zapatero, la señora que cocina en una cocina rústica, los músicos en la playa. Para Salvador, el orgullo no es abstracto: es cotidiano y se suda.

La dinámica “modo jurado”: nostalgia como lectura

En el segmento donde comentó tres fotos ganadoras, Salvador dejó una de las lecturas más emotivas de toda la serie de entrevistas. Del sapo, dijo que lo jaló de inmediato: “me jaló el sapo inmediatamente”, por su textura, colores y contexto (algas abajo, montañas atrás). En la foto de la madre y la hija vestidas igual, su emoción fue directa: nostalgia. La leyó como un paso de esencia y herencia: “llevas todo mi conocimiento ahí para arriba”, y también como el recordatorio duro de que la vida avanza y la madre no siempre estará. Y ante la foto astral, volvió a lo que lo atrapa: “las estrellas tan tremendas”, y la sensación de ciclos, de tiempo largo, de permanencia abajo y movimiento infinito arriba.

Al final se quedó con la foto de la madre y la hija, no por competencia, sino por significado.

Fotos: Miguel Gerardo Ochoa Tovar / Hector Gutierrez Escarra

Foto: Erica Cayetano Garcia

México en una imagen: músicos en la playa

Si tuviera que elegir una sola foto para explicar México, Salvador se quedó con otra ganadora: los músicos en la playa. Su explicación fue preciosa: México es frontera, es paso, es playa, y sobre todo es gozo. “La música… es lo que llevamos en la sangre”, dijo. La imagen de los músicos con los pantalones arremangados en el mar, brincando y tocando, le parecía el resumen perfecto: trabajo, alegría y cultura mezcladas en una escena.

La pregunta que deja: el instante antes del disparo

Para cerrar, Salvador cambió su pregunta original y dejó una que resume su filosofía de la pausa:

“En ese último instante donde ya vas a apretar el botón… ¿qué viene a tu mente? ¿Qué sientes antes de tomarla? ¿Y sigues pensando lo mismo después de haberla tomado?”

Es una pregunta de fotógrafo verdadero: no habla de equipo ni de likes. Habla del segundo íntimo en el que decides que algo vale la pena… y lo conviertes en memoria.


Una nueva conversación con el fotógrafo Salvador Valenzuela Chávez, seguro nos mostrará una nueva perspectiva de México!!

síguelo en: https://www.instagram.com/salvalenz/


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