Carlos Blanco Matus


Carlos Blanco Matus: el niño que “domó el viento” y la fotografía como superpoder para conectar

Carlos se presenta con una sonrisa y una historia que ya parece leyenda: su nombre completo es Carlos Gustavo Blanco Matus, pero desde la secundaria se quedó con “Carlos Matus” como nombre artístico. Hoy está en Cancún, Quintana Roo, donde lleva catorce años trabajando con la cámara, aunque nació en Chiapas y vivió en distintos puntos del sureste. Y sí: vivir frente al mar es un privilegio. Él mismo lo reconoce sin vueltas: “la verdad es un privilegio, no lo puedo negar.”

Pero lo que vuelve especial su charla no es el lugar donde vive, sino el lugar desde donde mira: Carlos viene del fotoperiodismo, de cubrir lo social, lo ambiental, lo político… y también lo más duro. Y aún así, su foto ganadora es una escena de juego, de infancia y de magia cotidiana: un niño en el agua, rodeado de gaviotas, suspendiendo el tiempo.

Infancia de revistas, diseño gráfico y el clic que lo enamoró

Carlos cuenta su origen como una secuencia clara: de niño no le compraban videojuegos, le compraban revistas. “Geomundo”, “Muy interesante”, “Conozca más”. Le fascinaba ver las fotos y, sobre todo, imaginar lo que significaba haberlas tomado: “me imaginaba a los hombres y mujeres que habían ido con una cámara fotográfica” a lugares remotos. Esa imaginación fue su primer entrenamiento.

Más adelante, en la universidad estudió diseño gráfico y volvió a conectar con la cámara. Era la época del cambio: aprendió todavía con rollo. Y recuerda un momento íntimo, casi cinematográfico: estar en su cuarto, de noche, pegar la Nikon al oído, disparar y escuchar “todos los engranajes… todo lo que movió a un obturador”. Ahí se enamoró por completo.

Lo más honesto de su historia es que en la materia de foto era malo. Tan malo que su maestro le soltó el clásico: “no te repruebo porque nunca me faltaste esa clase.” Pero Carlos no guardó la cámara como muchos que sacaron diez. Él se quedó con ella. Su trabajo paralelo en la universidad se volvió una sola cosa: “era exclusivamente para comprar rollos y revelar rollos. La comida era tema secundario.”

La inundación de 2007: perderlo todo… y empezar como fotoperiodista

En 2007 llegó la inundación grande de Villahermosa, Tabasco. Carlos lo perdió todo: casa, equipo, negativos. Y en ese momento, cuando estaba refugiado con un amigo, le dijeron que buscaban fotógrafo en un periódico: Diario Presente. No tenía cámara. Le prestaron una. Y ahí inició su ruta como fotoperiodista desde diciembre de 2007.

Su trayectoria lo llevó a estar “en primera fila” de historias complejas: migración, narcotráfico, crisis. Se subió a La Bestia varios días cuando hacerlo era jugarse la vida. Y aunque reconoce el privilegio de estar aquí contándolo, no romantiza: son experiencias que te dejan cicatrices, dudas y aprendizajes.

La foto ganadora: Playa del Niño, un café al amanecer y un niño jugando con gaviotas

La imagen con la que ganó México en una Imagen ocurrió en un amanecer en Cancún, en Playa del Niño, en Punta Sam / Puerto Juárez, “el lugar más autóctono de Cancún”, una zona de pescadores y acceso público. Carlos cuenta la escena como quien vuelve a vivirla: se levanta a las cinco, llega con su café y su equipo (una Nikon D600 y un Nikkor 180mm f/2.8, “un lente de batalla”). Había nubes bajas y estuvo a punto de irse porque “no se iba a ver el amanecer”.

Entonces llegaron familias —algo raro para esa época— y se quedó. Vio a un niño con sus hermanas y su abuelita entrar al mar. Y vio también lo que hacen los amaneceres en Puerto Juárez: las gaviotas vuelan bajo siguiendo a las lanchas de pescadores que regresan. El niño traía pan en la mano y lo lanzaba. Las gaviotas lo rodeaban. Carlos se agachó, encuadró y disparó tres veces. Uno de esos clics fue “la” foto.

Lo increíble: esa foto se le escapó al principio. Tomó 250 o 300 imágenes y no la seleccionó. La guardó por meses. Hasta que volvió a su archivo y la redescubrió.

El segundo hallazgo: regresar al archivo para encontrar lo que el rush te roba

Aquí está una de las lecciones más valiosas de Carlos: la disciplina del archivo. Por ser fotoperiodista, aprendió a seleccionar “las 10 mejores” en menos de un minuto. Eso te entrena, pero también te hace perder joyas. Por eso él organiza su material por día/semana/mes y vuelve a revisarlo después. Y cuando encontró esa secuencia, dijo: “¿cómo se me pudo escapar en ese momento?

Ese segundo encuentro con la imagen fue doble: vio el instante mágico y entendió que era la foto perfecta para el concurso. La llamó “El domador del viento”, porque para él el niño “domaba el viento del amanecer” representado por las gaviotas. “Esta foto es mágica. Esta foto la voy a mandar al concurso”, decidió.

Técnica rápida, intención clara: inocencia, magia y una pausa en la vida adulta

Cuando le preguntaste si la foto fue pensada o instintiva, Carlos explicó algo que se siente en su encuadre: el fotoperiodismo y el diseño lo entrenaron a componer rápido. Se agachó, se puso al frente del niño, anticipó el movimiento y disparó justo antes de que el niño regresara con sus hermanas. “Era ese momento nada más… si no hubiese tomado esa foto… ya no se hubiese hecho.”

¿Y qué quería expresar? Lo dijo precioso: “la inocencia, la magia… hay momentos en que se nos olvida la magia del mundo que nos rodea.” El niño como recordatorio de esa parte que perdemos de adultos: jugar sin pena, estar pleno, despreocupado.

Por qué funciona: una foto que te obliga a detener el scroll

Carlos explicó su criterio de “éxito” con una idea muy contemporánea: vivimos una avalancha de imágenes. Su intención es que alguien, en medio del scroll, se detenga.

Creo que es una foto que te invita a detenerte, a contemplarla… conforme más te detienes, más conectas con ella.” Porque empiezas a notar gestos, posiciones, detalles, y la foto activa recuerdos: tu infancia, tus hijos, tus nietos, una travesura, un juego. Esa capacidad de conexión es lo que él busca.

“¿Hasta dónde quieres llegar?”: la cámara como herramienta para conectar

A la pregunta que dejó Adán Reyes (“¿hasta dónde quieres llegar con la fotografía?”), Carlos respondió desde un lugar muy personal: la cámara como puente. Años después supo que tiene dislexia, y eso lo hizo ser muy callado, con dificultad para iniciar conversaciones. La cámara se convirtió en su excusa perfecta: “la cámara tiene un superpoder… el poder de conectarte.”

Y dejó una frase potentísima: cuando toma una foto, no solo suspende lo que está enfrente. “Suspende al hombre que está detrás de la cámara.” Cada fotografía también es una cápsula de tiempo del propio Carlos: quién era, cómo estaba, qué estaba viviendo.

Modo jurado: leer líneas, color y composición

En la dinámica de comentar tres fotos ganadoras, Carlos se mostró como diseñador y narrador visual:

  • En la foto del nacimiento (Ilse Barrios), le atrajo el plano central y las líneas que llevan al bebé, además del contraste de fríos/cálidos: “mantenerla a color le aumentó mucho el valor del impacto visual.”
  • En la de Bellas Artes (Edgar Olguín), destacó el uso de telefoto para mantener líneas rectas y la proporción del sujeto.
  • En la tercera (Verónica Escobar), volvió a las líneas y al “plano semi holandés” que le da dinamismo.

Al final, eligió la primera por su sutileza y paz: “es un momento de suspiro.”

Orgullo de México: la gente… y una anécdota que lo cambió todo

Cuando habló de México, Carlos lo dijo claro: la riqueza es la gente. Y lo contó con una anécdota brutal de su cobertura en La Bestia. Se quedaron sin agua tras días de calor extremo. En un poblado, una tienda se negó a venderles: “aquí no le vendemos a los sucios catachos.” Carlos salió derrotado… y a los minutos, un señor de una choza los llamó: no tenía agua potable, pero les ofreció el pozo: “tomen toda el agua que ustedes quieran.” Esa escena le devolvió humanidad: ver lo peor y lo mejor en menos de tres minutos.

Para él, ese contraste explica el orgullo: “formar parte de este grupo de hombres buenos y de mujeres buenas que todavía habitamos en esta tierra.”

La pregunta que deja: ¿cuál es tu búsqueda?

Carlos dejó una pregunta preciosa para el siguiente invitado: “¿Cuál es tu búsqueda en la intención fotográfica?” Y cuando se la devolviste (porque aquí hacemos trampa), volvió a su idea central: su intención es que el espectador se detenga, contemple y se vuelva cómplice de su mirada. Porque hoy, cuando producimos más imágenes que nunca, esa pausa es un acto casi revolucionario.

Un deseo final: “traigan la exposición a Cancún”

Antes de despedirse, Carlos pidió algo que se siente como extensión natural de su historia: llevar la exposición a Cancún. “Aquí necesitamos ese tipo de exposiciones… es una inspiración para muchos jóvenes.” Y lo dijo sabiendo lo que implica montar una itinerancia: “sé que son producciones titánicas.”


La historia de Carlos Blanco Matus es la de alguien que perdió todo y volvió a empezar con una cámara prestada. La de un fotoperiodista que vio la oscuridad y eligió seguir buscando luz. Y la de un fotógrafo que, en un amanecer nublado, se quedó un poco más… lo suficiente para ver a un niño jugar con el viento. Y congelar, para siempre, esa parte de México que a veces olvidamos: la inocencia.


Fotógrafo mexicano, una nueva conversación con Alonso Días, te invitamos a escucharla y compartirla, conoce su perspectiva de México!!


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