Carlos Carreon Girodengo


La luz que abraza: la historia detrás de la mirada de Carlos Carreón Girodengo

En el marco del 15º aniversario de México en una Imagen, las entrevistas con fotógrafas y fotógrafos ganadores se están convirtiendo en algo más que una conversación: son una ventana a la manera en que una mirada se construye con oficios, afectos, comunidad y, a veces, con un simple celular en el momento exacto.

En esta segunda charla, el invitado fue Carlos Carreón Girodengo, fotógrafo ganador y orgullosamente regio. Se conectó desde Monterrey —“nací aquí… y toda la vida he vivido aquí”— y al hablar de su ciudad mencionó lo evidente y lo profundo al mismo tiempo: “el Cerro de la Silla es como un emblema”, pero también una urbe compleja, industrial, arquitectónica y diversa.

Lo que quizá nadie esperaba al inicio es que Carlos no se define desde un solo territorio creativo. Su vida es una mezcla precisa de disciplina y sensibilidad: es arquitecto y chelista. Y esa combinación —a primera vista distante— aparece como una clave de su forma de mirar.

Se puede combinar en la parte de la sensibilidad”, explicó. “La música… exige un grado de sensibilidad para poder ejecutarla… y pues eso yo lo he trasladado a otros ámbitos, incluso a la arquitectura, a la fotografía.” En su caso, el ojo no nace únicamente de la técnica: nace del oído, del ritmo, de la emoción y del silencio. De esa capacidad de escuchar lo invisible… y después encuadrarlo.

Una foto hecha de fe, calor y deseo

Su fotografía ganadora fue tomada el 12 de diciembre de 2024 en Monterrey, en un lugar profundamente simbólico: el Santuario de la Virgen de Guadalupe. Entre el santuario antiguo y el nuevo existe una capilla pequeña con murales: uno dedicado a la Virgen y otro donde aparece Monterrey, con el Cerro de la Silla y elementos de su identidad. Ahí, cada año, la gente enciende veladoras y deja una petición.

La escena que Carlos fotografió no fue planeada como un montaje. Fue un giro espontáneo en una noche ya significativa. Después de documentar la quema de la candelilla en Higueras, Nuevo León —tradición a la que lo llevó su amiga Fátima Reyes— un amigo devoto propuso algo sencillo: ir al santuario para las mañanitas. Llegaron pasada la medianoche… y el espectáculo de luz estaba ahí.

Carlos lo describe como una experiencia difícil de explicar sin estar presente: “es una energía muy fuerte… la comida, el olor… la devoción de la gente que entra, que sale, que va y que pide.” Y cuando vio el interior encendido, no lo dudó: “no manches, está algo impresionante y tiene que ser fotografiado.”

Hay una frase que sintetiza lo que ocurre frente a esa escena: “te hipnotizas… te pierdes.” Es la luz como trance y como memoria colectiva.

El equipo no manda: manda la historia

Uno de los momentos más poderosos de la charla fue cuando Carlos compartió algo que derriba un mito común: su foto ganadora fue tomada con un celular.

El 99% de las fotografías que yo he tomado… están hechas con mi celular. Es el equipo que yo uso.” Y lo dijo sin defensas ni justificaciones, sino como un recordatorio directo para quien cree que no tiene “lo necesario” para participar.

Para Carlos, el valor está en lo que la imagen significa, no en el precio del equipo:
A veces alguien se puede desanimar porque dice: ‘la tomé con el celular’… pero si tienes una foto que te guste realmente, que sientas que representa México, mándala.

Es un mensaje perfecto para el espíritu del concurso: lo importante no es con qué lo haces, sino qué estás diciendo con tu imagen. La fotografía como testimonio, como emoción, como identidad.

Encuadre, arquitectura y una calidez que abraza

La formación de Carlos como arquitecto aparece naturalmente cuando explica cómo compuso la imagen. Habló de ángulos, dimensión, simetría, de la necesidad de entender el espacio. Usó un ultra gran angular del celular para capturar la mayor cantidad posible de velas sin perder el fondo y sin dejar fuera los símbolos: la Virgen, el Cerro de la Silla, un obrero en el mural, la identidad local.

Pero cuando se le preguntó qué cree que fue clave para que la foto conectara con tanta gente, no respondió con técnica. Respondió con algo que se siente:

Yo creo que la calidez de la foto… esa luz cálida que sale de las veladoras le da una calidez como que te abraza… incluso puedes sentir el calor de estas velas.

Y después vino la lectura más humana de todas: esas velas no son solo luz. Son intención.

Es una petición, es un deseo… una cuestión de fe”, dijo. Y añadió algo que se quedó flotando en la conversación como una verdad simple:
Nadie va a pedir ahí algo malo… van y piden algo bonito, algo bueno, algo que va a ayudar.

En esa frase está el corazón de la imagen: una fotografía hecha de cientos (o miles) de deseos compartidos, concentrados en un mismo espacio.

Comunidad: el otro jurado antes del jurado

Otra parte luminosa de la charla fue cuando Carlos habló sobre el Colectivo Fotográfico de Nuevo León, una comunidad que describe como “increíble”, no solo por el talento sino por su forma de acompañarse. Él se integró formalmente en 2021 y desde entonces colabora en la organización, la gestión y la administración de la cuenta.

Y allí, en la lógica del colectivo, aparece una idea que vale oro para cualquier creador: pedir opinión no es debilidad, es proceso.

Yo me apoyo mucho en ellos… les dije: ‘dame tu opinión… ¿tú qué foto mandarías?’
Y lo dijo con certeza, porque confía en la sinceridad del grupo: “en esta comunidad no hay competencia… realmente queremos ayudar.

Reducir a cinco opciones, volver a preguntar, comparar dos tomas similares, elegir la que más resonaba: Carlos ya había vivido una preselección emocional antes de que el jurado oficial viera la foto. Ese proceso también es parte de la obra.

Modo Jurado

En un momento especialmente disfrutable de la charla, Carlos vivió un “modo jurado” que resume lo mejor del concurso: mirar con atención y poner en palabras lo que una imagen provoca. Le mostré tres fotografías ganadoras y, sin calificarlas, fue reaccionando desde lo primero que atrapa, la emoción y el detalle que invita a volver.

Frente a la imagen de un niño en el mar rodeado de aves, confesó que lo que lo ganó de inmediato fue “el vuelo… como que son muchos”.

Ante la toma de Hierve el Agua, admitió que le dejó una impresión fuerte —“me impresiona”— y celebró que, aun siendo un lugar fotografiado tantas veces, “siempre nos sorprende”.

Y al ver la escena nocturna de la procesión en San Luis Potosí, regresó a lo esencial: “la iglesia, la iluminación de la iglesia” como protagonista. Al final, fiel a su gusto por el paisaje y el color, eligió quedarse con Hierve el Agua: “yo siempre me voy a inclinar un poquito más por el paisaje… me iría por la de Hierve el Agua”, como quien confirma que la mirada también es una forma de autobiografía.

Carlos Gustavo Blanco Matus / José Alfredo Rodríguez Serrano / Ruben Martín Mosqueda Almanza

Cine minuto, música y disciplina: un minuto que también es mirada

Carlos fue, además, uno de los casos raros (y memorables) del concurso: participó y ganó no solo con una foto, también con un cine minuto. La motivación nació de otra iniciativa: el festival Plano Norte en Corto. Al verlo, sintió el impulso: “qué padre hacer un corto”.

Y lo hizo con el mismo enfoque: hacer antes de esperar. Salió a grabar con el celular, en horizontal, con estabilizador, en 8K y 24 fps “para que se viera como de cine”, y construyó el minuto con dos universos: un sembradío de cempasúchil en La Candelaria y el evento de Catrinas de Nuevo León.

Pero el detalle más hermoso fue otro: el cine minuto está musicalizado por él mismo. “Ahí me van a escuchar tocar el tema”, dijo. Y explicó que decidió usar su versión de La Llorona, una pieza que ya tenía grabada: “dio la casualidad que duraba un minuto… así musicalicé el cine minuto y lo mandé.

Fotografía, video, música: todo se juntó en una misma idea. No como mezcla forzada, sino como continuidad de una sensibilidad que busca forma.

“México no tiene igual”

Cuando se le preguntó por qué se inscribió al concurso, Carlos respondió sin matices:
Los que me conocen saben que yo adoro este país… México no tiene igual.

No habló de una sola razón, sino de un conjunto de sensaciones: “emociones, sabores, la gente, los paisajes, las tradiciones… tenemos todo.” Y cuando se le pidió elegir una sola imagen para explicar México, respondió con algo universal y cotidiano: un atardecer.

Un atardecer en México… es algo que nos regala todos los días.

La idea es sencilla y profunda: México no se explica solo con grandes símbolos. A veces se explica con luz. Con esa luz que también aparece en su foto ganadora, “como que te abraza”.

El cierre que lo resume todo: arte como encuentro

Al final, Carlos dejó un mensaje que vale como manifiesto para esta serie de entrevistas y para cualquiera que dude si participar o no:

El arte es revelador y el arte es donde nos encontramos con los otros.
Todos somos artistas… mientras tú hagas las cosas con pasión y con disciplina, se vuelve arte.
Siéntete orgulloso de ser artista porque creas.

En un concurso donde cada año miles de personas se atreven a mostrar su mirada, escuchar esto de un ganador —arquitecto, chelista y fotógrafo con celular— es un recordatorio poderoso: el arte no empieza con un equipo, ni con un permiso, ni con un museo. Empieza cuando decides mirar… y hacer.

Y quizá por eso su foto funciona tan bien. Porque en esas velas hay algo que todos entendemos, creamos o deseamos, incluso sin darnos cuenta: la esperanza.

Esta charla nos permite conocer mejor la visión y el trabajo de Carlos, el pretexto es muy simple , el es uno de los fotógrafos y creadores ganadores de la 15va. edición del concurso nacional de fotografía #mexicoenunaimagen

El cine minuto con el que gano

Te invitamos a seguirlo en: https://www.instagram.com/carlogirodengo


Gracias al apoyo de:
nikonHoteles misión Escuela George Eastman